TORTO


Y si no han perdido la confianza en mí con lo que les he contado hasta ahora, igual me lo van a creer si les digo que lo que en estas tierras llamaron Torto, Alarabi y Tartalo en el resto de los países, es el peor y más salvaje de estas criaturas. Dicen que ha desaparecido, pero… se oyen tantos cuentos tontos…

Con un único ojo espía entre las ramas esperando que lleguen los ingenuos. Es el más salvaje y cruel, el más sanguinario. Alguna vez, si veis que está él u os lo encontráis por el camino, huid sin mirar atrás. Su medida no es un obstáculo, su ataque es tan rápido como un rayo tan devastador como un terremoto.

LEYENDA

En la región alavesa de Zuia vivía hace tiempo un inmenso Torto, y los vecinos cercanos temían por los ataques que podía cometer a las ovejas, cabras, vacas y humanos. En una ocasión, un caminante venía de la frontera con Zuberoa, concretamente donde terminan las tierras vascas. Decidió adentrarse en el territorio de la bestia, que, tras ser golpear al visitante, lo capturó y lo llevó a la cueva en la que vivía. Cuando llegó a las inmediaciones de la cueva, pensando que la presa continuaba inconsciente, Torto dijo:

– Abre, Txarranka- y la piedra que ocultaba la entrada se desplazó bruscamente hacia el lado, dejando libre el acceso.

El gigante se introdujo en la cueva y tras arrojar al hombre hasta el fondo de la cueva, se acercó a un lado. A ese lado se encontraba la hoguera y también se podían ver trozos de carne asados lentamente. Tras ver que todavía faltab< tiempo para que la comida estuviese preparada, Torto salió de la cueva y dijo:

– Ciérrate, Txarranka.

Y la piedra volvió a moverse, ocultando la entrada.

Mientras el salvaje estaba fuera, el hombre, llamado Aitor Goikuria, recuperó poco a poco la consciencia y, una vez adaptados los ojos a la oscuridad, comenzó a estudiar la zona. Por desgracia, encontró un gran pico óseo y, sin duda, también había restos humanos. Tenía que huir, pero, ¿cómo?

Pasados unos minutos, la tierra vibró, señal de que Torto venía. En consecuencia, Aitor se situó a un lado y se hizo pasar por inconsciente. Con palabras mágicas, la roca se movió y el gigante volvió a la oscuridad. Se acercó al fuego y comenzó a tragar carne con entusiasmo. Era tan intenso que después de comer algo más de media tonelada se quedó saciado y se fue a descansar sin acordarse de cerrar la entrada. Ese fue el momento que el joven esperaba. Salió corriendo de la cueva y, una vez fuera, comenzó a gritar despertando al sorprendente Torto.

– Eh, Torto-, le decía, ¿A que no eres tan rápido como para atraparme de nuevo?-

La inmensa criatura con un solo ojo en la frente asomó la cabeza desde la apertura de la cueva, observando al hombre loco que lo desafió.

– Ciérrate, Txarranka.

Y con un movimiento rápido y preciso, la roca volvió a su sitio, aplastando la cabeza del cíclope. En ese momento murió Torto.

Texto escrito por Aritza Bergara Alustiza

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